Gilda Rodas de Lorenzana
La verdad es que estaba muerta, aunque me sentía demasiado viva, pero sí estaba muerta porque no tenía penas, ni rencores. Tampoco me importaban mucho los detalles. Solo era feliz...
Subí corriendo las escaleras, -ya sabía que lo encontraría- y no quería esperar más. Me dolieron las pantorrillas, y solo por eso dudé en estar muerta, pero pensé que podría ser posible un poco de dolor en aquel celestial lugar. Seguí subiendo y llegué a esa puerta que tantas veces vi sólo en suenos. No creas que se trata de un lugar luminoso, no, nada de eso; es un edificio común y corriente, color gris, un tanto viejo y descuidado. La puerta café de madera...se abrió. Allí estaba él. Sabía aun mejor que yo, que el momento llegaría, y tranquilo me sonrió. Deje de respirar entrecortado y tranquila escuché: "¡Bienvenida!, ahora cierra la puerta".  Fue ahí, en ese preciso momento, en que todo, realmente, comenzó...

Gilda Rodas de Lorenzana
Había una vez un hombre que ansiaba encontrar un vicio.  Tenía más de treinta años y la mitad de su vida la había gastado en trabajos, estudios y actividades extracurriculares que fomentaban el deporte y el arte,  hasta que un día se cansó de esa vida tan vacía y poco esperanzadora, por lo que decidió cambiar. Lo malo era que no sabía cómo empezar.  Desvelarse era un martirio, pues casi siempre despertaba a las cinco de la mañana cuando todos llegaban a dormir.  Se sentía activo y pleno.  Sus amigos le ponían trampas, pero simplemente no encontraba el tiempo para descansar un poco y tomarse tan siquiera un trago...Y no hablemos de los hábitos, todos totalmente asignados y con rutinas muy establecidas.  Pobre hombre, era un caso perdido.
Un día conoció a Cristina, una joven de quince, llena de experiencias.  Era una DJ famosa y su aspecto palidezco y sombrío la situaban entre las mujeres mas sexys del lugar.  Se compadeció de él y quiso ayudarle, le recordaba un poco a su padre.  Ella lo llevó a su primer pub, ahí Florencio probó por vez  primera el trago amargo del maguey e inhaló el suspiro de la hierba.
Sin embargo, la relación se hizo muy estrecha y ella empezó a sentir una atracción inesperada, no de tipo sexual a las que estaba acostumbrada y conocía bien.  Era una emoción nueva, intrigante y algo cursi. Florencio, mientras, perdía el miedo y después de algunos meses había logrado dominar, no uno, sino varios vicios.  Por fin era un hombre como todos los demás. Había revertido su destino y con suerte moriría pronto. 
Cristina en cambio, conoció el amor.  Sus mejías ahora sonrojadas y húmedas por las cuantiosas lágrimas de desconsuelo, por el imposible amor que le tenía a Florencio, eran motivo de burla para todos en aquel equis lugar, quienes le gritaban en medio de las fuertes carcajadas:  ¡Si que eres tonta! Todos sabemos que el Amor nunca muere.
Gilda Rodas de Lorenzana
Era una mañana común y Silvana sentía la confortable tibieza de Clemente a su lado.  Recordaba un sueño, mientras él acariciaba su espalda.  Eran alrededor de las seis de la mañana y a penas los rayos de sol tocaban los cuerpos agradecidos, corazones enamorados.

Repentinamente un hombre de rasgos asiáticos les habló.  Afortunadamente no entendieron nada (pero irrumpió la intimidad). Les había sentenciado un final horrible.  Algo molesta Silvana se levantó de la cama, iba con el propósito de preparar café y olvidar el malentendido, pero muy contrariada quedó inmóvil al reconocer que se encontraba en otro lugar. No dio un paso más. No era una casa, era un departamento.  No era su casa, tenía otros muebles, otros colores, otros olores.  Estaba en otro país. ¡Hong Kong! Abrió las ventanas y perpleja contó a su alrededor unos quince edificios, unos más altos que otros...
-Debo estar en el piso veinte.  Fue lo único coherente que pudo pensar en ese momento.  
Corrió hacia la cama y trató de explicar a Clemente el extraño suceso. Él actuó de manera extraña también, de algún modo estaba cómodo con la situación y solo le dijo que iría a dar una vuelta en auto. ¿Vienes? Le preguntó con una ligera sonrisa. Silvana se rehusó a acompañarlo, le atemorizaba la idea de perderse en aquella tremenda ciudad, donde no hablaba ni leía el idioma.  Para ella todo estaba en "chino". Rió a solas pensando en la ironía de la frase. 
Pero sí decidió inspeccionar el área.
-Saldré a dar un paseo a pie...no iré lejos.  Pensó.  
Llegó caminando a un edificio muy moderno, desde el suelo no podía calcular cuan alto era, además el reflejo le impedía fijar la vista al cielo, así que decidió entrar. Eran cientos de personas intentando caminar ordenadamente y ella se incorporó en los pasos rápidos de los que iban adentro, siguió la corriente hasta situarse en el ascensor.    
El panorámico lugar inicio el ascenso. Afortunadamente quedó situada cerca del panel. Quedó boquiabierta cuando un hombre digitó el número 330. No podía creer que el edificio tuviera tantos niveles. Le daba pánico las alturas, pero era demasiado tarde.  El ascensor subia rápidamente. Ella se cogió muy fuerte de una barra de metal y casi en cuclillas cerró los ojos.  Pensó en dirigirse a un piso menos alto, así que intentó tocar el panel y pedir el piso 30.  Fue muy tarde, iban más alto. Nuevamente cerro los ojos.  Un zumbido en los oídos le taladraba el cerebro. Miró a su alrededor y todos los chinos le miraban feo. Ella sudaba, apretaba la barra, se pegaba al piso, llamaba a un piso menos alto, pero todo intento de "salvación" fue en vano. 
Finalmente la puerta se abrió. Llegaron bien. Silvana suspiró y tranquila se llenaron sus ojos de un atardecer impresionante...en las alturas.  Sin embargo, después de un tiempo quiso descender, llegar a su casa, estar en la cama.  Besar a su esposo y soñar en español.  Entonces todo cambió en un abrir y cerrar de ojos.  
Yo desperté.  Pensé: 
A veces en las profundidades de nuestro ser nos encontramos con emociones fantasmas vagando por encontrar la salida que toque la punta del iceberg.  Llegar al consciente a veces atemoriza (por lo inesperado o porque alguien extraño nos sentenció un final horrible). Sin embargo, nunca puede ser tan malo estar arriba, cuando arriba está el Cielo.







Gilda Rodas de Lorenzana
Allí estaba yo de nuevo, en la iglesia, de rodillas llorando.  Se "celebraba" el primer año de difunto de mi querido novio.  (A propósito que la palabra celebrar en este caso, da una connotación de felicidad, cual no es para nada apropiada, pero así suele decir la gente).  En fín, estaba pensando en la última vez que le vi.  "¿Fue acaso en su casa o cuando fuimos a comer?"  Es curioso, no podía recordar con claridad.  Solo recordaba su ojos, pero el resto de su cara iba y venía a mi mente de manera confusa.  Hacía un esfuerzo enorme por recordar las veces que reímos. Sin embargo, las lágrimas impedían ver en mi estúpida mente esos momentos.  Únicamente recordé bien aquella horrible llamada telefónica.  Y sentía una y otra vez, como taladro en el pecho, el dolor inmenso que no cesaba, que no cesaba...

De pronto se acercó la canasta para la ofrenda, reaccioné un poco contrariada, pero saqué algo de dinero.  No sé cómo pude también darme cuenta que la señora junto a mí, no contribuyó, y la canasta pasó de largo.  Creo haber visto en su rostro un gesto de vergüenza o preocupación y hasta la fecha me cuestiono, en qué estaba pensando para haberle dicho: "Si quiere le presto algo de dinero...sin pena, dígame".




Gilda Rodas de Lorenzana
Entonces Zeus se quedó dormido y Atenea no pudo, esta vez, apaciguar la Ira de Poseidón, quien cumplió todas sus promesas esta vez.
¡Sufrirás y nunca volverás a Ítaca!
Ulises desde entonces se deleita de los placeres que Calipso y su isla le brinda.  No olvidó nunca a Penélope quien aún teje sudarios para sus amantes y Telémaco dejó de buscar batallas por los siete mares.
Poseidón, arrepentido, le implora que vuelva, pero es muy tarde ya... 
El destino de los hombres está en mano de los mortales.