Era una mañana común y Silvana sentía la confortable tibieza de Clemente a su lado. Recordaba un sueño, mientras él acariciaba su espalda. Eran alrededor de las seis de la mañana y a penas los rayos de sol tocaban los cuerpos agradecidos, corazones enamorados.
Repentinamente un hombre de rasgos asiáticos les habló. Afortunadamente no entendieron nada (pero irrumpió la intimidad). Les había sentenciado un final horrible. Algo molesta Silvana se levantó de la cama, iba con el propósito de preparar café y olvidar el malentendido, pero muy contrariada quedó inmóvil al reconocer que se encontraba en otro lugar. No dio un paso más. No era una casa, era un departamento. No era su casa, tenía otros muebles, otros colores, otros olores. Estaba en otro país. ¡Hong Kong! Abrió las ventanas y perpleja contó a su alrededor unos quince edificios, unos más altos que otros...
-Debo estar en el piso veinte. Fue lo único coherente que pudo pensar en ese momento.
Corrió hacia la cama y trató de explicar a Clemente el extraño suceso. Él actuó de manera extraña también, de algún modo estaba cómodo con la situación y solo le dijo que iría a dar una vuelta en auto. ¿Vienes? Le preguntó con una ligera sonrisa. Silvana se rehusó a acompañarlo, le atemorizaba la idea de perderse en aquella tremenda ciudad, donde no hablaba ni leía el idioma. Para ella todo estaba en "chino". Rió a solas pensando en la ironía de la frase.
Pero sí decidió inspeccionar el área.
-Saldré a dar un paseo a pie...no iré lejos. Pensó.
Llegó caminando a un edificio muy moderno, desde el suelo no podía calcular cuan alto era, además el reflejo le impedía fijar la vista al cielo, así que decidió entrar. Eran cientos de personas intentando caminar ordenadamente y ella se incorporó en los pasos rápidos de los que iban adentro, siguió la corriente hasta situarse en el ascensor.
El panorámico lugar inicio el ascenso. Afortunadamente quedó situada cerca del panel. Quedó boquiabierta cuando un hombre digitó el número 330. No podía creer que el edificio tuviera tantos niveles. Le daba pánico las alturas, pero era demasiado tarde. El ascensor subia rápidamente. Ella se cogió muy fuerte de una barra de metal y casi en cuclillas cerró los ojos. Pensó en dirigirse a un piso menos alto, así que intentó tocar el panel y pedir el piso 30. Fue muy tarde, iban más alto. Nuevamente cerro los ojos. Un zumbido en los oídos le taladraba el cerebro. Miró a su alrededor y todos los chinos le miraban feo. Ella sudaba, apretaba la barra, se pegaba al piso, llamaba a un piso menos alto, pero todo intento de "salvación" fue en vano.
Finalmente la puerta se abrió. Llegaron bien. Silvana suspiró y tranquila se llenaron sus ojos de un atardecer impresionante...en las alturas. Sin embargo, después de un tiempo quiso descender, llegar a su casa, estar en la cama. Besar a su esposo y soñar en español. Entonces todo cambió en un abrir y cerrar de ojos.
Yo desperté. Pensé:
A veces en las profundidades de nuestro ser nos encontramos con emociones fantasmas vagando por encontrar la salida que toque la punta del iceberg. Llegar al consciente a veces atemoriza (por lo inesperado o porque alguien extraño nos sentenció un final horrible). Sin embargo, nunca puede ser tan malo estar arriba, cuando arriba está el Cielo.